INTRODUCCIÓN
Durante
el último milenio, el ser humano ha reemplazado la memoria interna con lo que
los psicólogos denominan memoria externa, una superestructura de auxiliares
tecnológicos que se ha inventado con la finalidad de no tener que almacenar
información en nuestro cerebro: contamos con fotografías para acordarnos de
nuestras experiencias, calendarios para mantenernos al tanto de nuestros
horarios, libros para almacenar nuestros conocimientos comunes y bloks de
notas, autoadhesivas, etc.
K.
Anders Ericsson, catedrático de psicología de la Universidad Estatal de
Florida, explica que las personas siempre recuerdan lo que les es importante.
Los fanáticos del béisbol tienen un conocimiento enciclopédico de las
estadísticas, los maestros de ajedrez a menudo recitan jugadas complicadas que
ocurrieron hace años. Todo el mundo tiene memoria
para algo. Por lo tanto, la proeza de recordar lo que queramos está a nuestro
alcance.
El
meollo del sistema nervioso, desde los órganos sensoriales que alimentan
información a la gran masa de neuronas que la interpreta, consiste en obtener
un sentido de lo que está pasando y de lo que está a punto de suceder, de
suerte que podamos responder de la mejor manera posible.
En
estudios realizados en la Universidad de Stanford en 1985, donde se pidió a
unos estudiantes que memorizaran 112 palabras, inclusive nombres de animales,
prendas de vestir, tipos de trasporte y ocupaciones. Para un grupo se
dividieron las palabras en estas cuatro categorías , y para un segundo grupo se
listaron al azar. Los que estudiaron el material en categorías organizadas se
desempeñaron mejor que los otros al recordar un número de palabras dos o tres
veces mayor.
Thomas
Trabaos, profesor de educación y ciencia conductual en la Universidad de
Chicago, indica: “Es difícil tratar de digerir información nueva de un solo
bocado. Analizarla y dividirla en trozos con significado facilita aprenderla.


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