Estudios a niños pequeños hecho en una máquina de
Imágenes por Resonancia Magnética:
En el Centro para el Desarrollo Cerebral y Cognitivo en Birkbeck,
Universidad de Londres, el investigador Jordy Kaufman equipa a bebés de seis
meses con cascos de electrodos para registrar la actividad eléctrica en el
cerebro, mientras esta
viendo un video, donde la caricatura de un tren que desaparece por un túnel. Los
estudios tradicionales del comportamiento han supuesto que los niños pequeños
carecen de un sentido de la permanencia de los objetos. Pero, la red de
sensores de Kaufman registra un estallido de actividad en los lóbulos
temporales derechos de los bebés cuando ven que el tren desaparece.
Y cuando se levanta el túnel para
revelar que en su interior no hay un tren –
una violación de la permanencia de los objetos – la actividad eléctrica
aumenta repentinamente, lo cual sugiere que los
bebés intentan mantener una representación mental del
tren ante la evidencia visual que indica lo contrario.
Qué es lo que pasa? Esto significa que la permanencia de los
objetos está preestablecida en el cerebro? ....... Quizás. Pero, Kaufman prefiere ver el desarrollo de
la mente como una interacción fecunda entre lo innato y lo aprendido; las
predisposiciones innatas de un niño pequeño lo guían a buscar experiencias que
a su vez nutre y afina redes neuronales especializadas.
Una
predisposición para mirar rostros, por ejemplo, parece ser innata, e involucra
regiones primitivas del cerebro. Hanife Halit del Laboratorio de Bebés, ha
demostrado, sin embargo, que regiones superiores de la
corteza temporal se vuelven más especializadas en el
reconocimiento facial durante el primer año de vida, respondiendo primero a
rostros de humanos y monos colocados en posición vertical y puestos de cabeza,
y finalmente sólo a rostros humanos en posición vertical. Los bebés normales
también prefieren rostros que les devuelven la mirada, pero no así los niños
autistas.
Halit
especula que sin una predisposición inicial para interesarse en los rostros
cautivadores, el cerebro de un bebé podría no enriquecerse con las
interacciones sociales que guían el desarrollo normal, y eso llevaría a la
indiferencia a gran escala a estímulos sociales, uno de los sellos del autismo.
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